miércoles, 21 de enero de 2015

CAPITULO 4

Rubén al colgar el teléfono se dedicó a terminar con los documentos que había dejado a media por la llegada de su tío y a los veinte minutos se fue indicándole a su secretaria que volvería al otro día pero que ellos no se verían hasta después del año nuevo así que se despidieron y como siempre él le entrego un regalo a su empleada, lo cual aunque se hubiera hecho una bella costumbre para  él de tenerle algún presente, a ella siempre le daba una inmensa alegría el ver que siempre su jefe se acordaba de comprarle algo.


Al salir a la calle el calor y la humedad lo golpearon dejándolo de peor humor con el que ya estaba, se aflojo un poco su corbata y se desabrocho los dos primeros botones de su camisa dándole un aspecto de chico malo y era así  exactamente como se comportaría en ese momento, no sería el agradable y cariñoso amo que solía ser, el fuego de la furia y los recuerdos comenzaban hacer una mal pasada y en vez de hacer un camino en cinco minutos a pie lo realizo en media hora tratando de tranquilizarse un poco para que no se le fuera nada de las manos.

 Camila era una chica muy hermosa de pelo castaño largo y unos ojos de color miel los cuales eran cubiertos por unas grandes y espesas pestañas que le daban algo mágico a su aspecto, una nariz francesa y unos labios carnosos en forma de corazón.

Ella ya lo esperaba lista como era de costumbre y apenas escucho sonar el timbre abrió un poco la puerta dejándola junta.

Mientras esperaba no pudo evitar pensar, como hacía siempre que adoptaba esa postura frente a la puerta abierta, que cualquiera, con un simple empujón, podría verla allí, en aquella postura humillante. No le gustaba la perspectiva de que eso sucediera. Sin embargo, el peligro evidente, la posibilidad real de que aquello podía suceder, era en sí excitante.

La puerta se abrió. Como cada vez que esto sucedía mientras ella se encontraba arrodillada, su corazón dio un salto en su pecho. Vio entrar a su Amo y de inmediato pudo notar que no sería una sesión agradable sino que lo contrario, pero ella ya estaba acostumbrada a esos cambios de humor de Rubén. Éste se dirigió hacia adentro y al pasar a su altura, le acarició el cabello y le dijo:

-Hola preciosa, manos sobre la cabeza –y siguió andando, sin detenerse, hacia el salón de la vivienda.

Camila cruzó sus manos tras su cabeza, con los codos separados y manteniendo el torso recto y los hombros hacia atrás. Sabía perfectamente que para su Amo era muy importante que ella mostrase su predisposición a ser usada y mantener sus rodillas separadas y sus pechos ofrecidos era una buena forma de hacerlo. A él le agradaba verla y a ella le gustaba mostrase de esa forma ante él.

Le oyó como se dirigía hacia la cocina y abría el refrigerador para poderse servir una cerveza fría, se acercó a  sentarse en el sofá.

-Ven aquí – le exigió Rubén a la joven.


 Puesto que en ningún momento le había indicado que podía levantarse, Camila caminó a cuatro patas hasta el salón y se situó frente a su Amo en la misma posición que le había sido indicada por última vez.

-Desnúdate.

Sin dudarlo, la mujer se quitó el vestido, lo dejó en el suelo a un lado y recuperó su posición. Él contempló su cuerpo, absorto en su desnudez. Camila notaba su mirada recorriendo su piel, bajando de su collar a los pechos erguidos por la posición de los brazos, siguiendo hasta su cintura y yendo más allá, hasta su sexo, totalmente depilado siguiendo sus deseos.

De repente, él alzó la vista hasta clavar su mirada en la de ella. Al cabo de unos segundos, le dijo en un susurro:

-Ojalá pudieras verte a través de mis ojos – dijo el joven suspirando y dándole un gran sorbo a su cerveza  siguió – Eres  tan hermosa...

La mujer bajó los ojos, abrumada por sus palabras. Su Amo siempre sabía qué decir para provocar ese azoramiento que tanto le gustaba observar en ella.

-Eres preciosa... y eres mía.

-Sí, Amo. Soy suya.

Él la cogió de la argolla del collar y la atrajo hacia sí. Aún con las manos tras la cabeza, Camila cerró los ojos y sintió los labios de su Amo posarse sobre los suyos mientras su lengua la penetraba, buscando la suya.

Se separó suavemente de ella y se puso a buscar  la maleta que tenía siempre en aquella casa. Sacó una cadena cuya empuñadura de piel hacía juego con el collar que llevaba ella. Le enganchó el mosquetón en la argolla del collar y tiró suavemente de la cadena para indicar a la joven que debía ponerse a cuatro patas.

-Vamos a dar un paseo, perrita.

Él la condujo despacio a través del salón y por el largo pasillo hasta la habitación del fondo. La hizo girar y emprendieron el camino de regreso al salón. Repitieron el recorrido unas cuantas veces. Camila mantenía la mirada fija en el suelo. No era necesario que mirara a su Amo para saber que estaría observando todos sus movimientos, fijándose en el contoneo de sus caderas al avanzar, en su espalda, que tantas veces había acariciado, en sus nalgas, tantas veces azotadas.

Cuando regresaron al salón, Rubén  le quitó la cadena del collar. Se sentó en el sofá y, con un ademán, le indicó a ella que podía subir. Inmediatamente, Camila se acurrucó contra el cuerpo de su Amo. Sus manos rodeando su cuello, mientras él le pasaba los brazos alrededor de su cuerpo desnudo.

Se sonrieron mutuamente. Aún con la sonrisa en los labios, él le preguntó:

-¿Sabes lo que viene a continuación?

-Sí, Amo –Camila se puso seria y se estremeció.

-Dímelo. Quiero oírlo de tus labios.

-Me va a torturar.

-¿Y aceptas libremente tu castigo? – Él  ya conocía la respuesta de antemano. Pero le gustaba que ella se lo dijera. Y la joven lo sabía.

-Sí, Amo. Lo acepto.

-¿Por qué?

-Porque soy su sumisa.

 -Pero hoy no voy a ser yo quien elija el castigo y la forma o la zona de tu cuerpo donde llevarlo a cabo. Serás tú – le dijo el bastante serio.

-¿Yo, Amo?

-Sí.

Camila no se esperaba algo así. Rápidamente se dio cuenta de las implicaciones que conllevaba eso. Era como tener que decidir si debían cortarle la pierna derecha o la izquierda. ¿Qué debía elegir? ¿Azotes? ¿Cera? ¿Pinzas?... En el caso de los azotes, ¿con qué prefería que fueran administrados? ¿Mano? ¿Pala?... ¿Látigo? ¿Y cuántos azotes debía solicitar? Si se decidía por las pinzas, debía elegir las que usaría. ¿Las de madera? ¿O quizá las de metal? ¿Con pesas?... En cuanto a la cera, ¿qué tipo de cera? ¿Dónde solicitaría que le fuera aplicada?...

Eligiera lo que eligiera, tenía miedo de no cumplir las expectativas de su Amo. Quizá a él le parecería un castigo demasiado ligero. En cambio, si elegía un castigo más duro, quizá no pudiera aguantarlo. En ambos casos su Amo se sentiría decepcionado.

-Elijo los azotes, Amo.

-¿Cuántos?

Camila vaciló, antes de decir:

-Treinta. En las nalgas.

-¿Con qué instrumento?

-Con Su mano, Amo.

-Muy bien. Así será. Pero también debes elegir la postura que adoptarás mientras te azoto.

Camila tragó saliva. Era muy difícil tener que decidir todo aquello. No estaba acostumbrada. No estaba preparada. Pero sabía que él en ese momento lo necesitaba, fuera lo que fuera ella haría que el joven al que se entregaba sin vergüenza estuviera completamente satisfecho y orgulloso de ella con cada una de sus palabras y eso le daba fuerzas para seguir decidiendo las condiciones de su propio castigo.

-A cuatro patas. Sobre la cama – dijo segura esta vez.

-Entonces ve a la habitación y ponte en posición. Yo iré ahora.

-Sí, Amo. –la chica bajó del sofá y salió del salón.

Él esperó unos minutos antes de seguirla. Cuando entró en la habitación tuvo la magnífica visión del perfil del cuerpo de la mujer a cuatro patas sobre la cama recortándose sobre la tenue luz de las farolas que entraba por la ventana. Podía observar el perfil perfecto de sus nalgas, la línea de su espalda y los pechos ondulantes, subiendo y bajando ligeramente por la respiración. Su figura le recordó a la de una gata.

Se puso detrás de ella y observó la redondez casi mareante de aquellas nalgas firmes y de piel suave y el sexo que asomaba tímidamente entre sus piernas, invitándole a hacer con ella algo más que propinarle unos cuantos azotes.

Cuando apoyó su mano sobre una de las nalgas, ella dio un respingo y puso el cuerpo en tensión. Él comenzó a acariciarla y, poco a poco, sintió como se iba relajando de nuevo. Entonces, con la mano libre, le propinó el primer azote. Ella gritó, más por la sorpresa que por el dolor. Sin embargo, a medida que los azotes se iban sucediendo, sus nalgas comenzaron a acusar el castigo. Las caricias que de vez en cuando le proporcionaba su Amo constituían el único consuelo de Camila que sin embargo, no tardó en pasar de los gemidos a los sollozos. Pero los azotes caían sobre su cuerpo inexorablemente, uno tras otro.


Mientras Rubén le propinaba un azote más a la sensual joven que tenía a su disposición, su mente se alejaba del presente y lo transportaba a aquella maldita habitación donde el sol no entraba y apestaba a humedad,  con diez año de edad, se encontraba sólo, temeroso y con rabia porque estaba seguro que en ese momento su hermana se encontraba limpiando los pisos de la casa y juntando la mierda de los perros que en ese momento eran más valiosos, queridos y respetados que ellos mismos, esa pesadilla la vivían cada vez que su padre se iba de viaje y ellos tenían que quedarse al cuidado de su "Ángel", pues según su padre su mamá se las había dejado para aliviar su dolor cuando murió.

Pero ella era el mismísimo diablo disfrazado, como siempre  esos niños eran su más grande obstáculo y un verdadero dolor de cabeza en su vida, pero no podía deshacerse de ellos como lo había logrado con Sara.

Rubén revivía cada momento, cada paliza recibida por esa mujer hasta podía sentir las caricias no apropiadas de una mujer con un niño de esa edad y eso lo hacía que sin darse cuenta los azotes que le daba a la joven fueran con mayor intensidad y llenos de furia hasta que escucho los sollozos de la mujer muchos más fuertes y eso le indicó que una vez más la rabia lo había cegado.


Tras cumplir el castigo, él se sentó en el borde de la cama y la abrazó muy fuerte. Camila, con las nalgas enrojecidas y doloridas, correspondió al abrazo de su Amo, aun sollozando. Se besaron. Él le dijo lo orgulloso que se sentía de ser su Amo. Como respuesta, ella le abrazó más fuerte aún. Ambos se quedaron fundidos en aquel abrazo.

Al cabo de un rato, Él también se desnudó e hicieron el amor por muchas horas hasta que ya no le quedaron fuerzas y Rubén pudo al fin tranquilizarse.

-¿Te encuentras bien preciosa? – le preguntó al ver que las nalgas de la chicas estaban en un rojo vivo.

-Sí, aunque creo que muy pronto no me podré sentar – le respondió la joven con una sonrisa en los labios y tratando de quitarle importancia al asunto.

El joven se levantó de la cama donde se encontraban y se dirigió hacia el baño para poderle traer una aspirina con un vaso de agua y una pomada para poder aliviar el ardor que sentiría la chica de seguro.

-Toma esto – dijo entregándole la pastillas y el agua hasta que se la acabo. Luego la volvió boca abajo sentándose entre las piernas abiertas de la joven y así dejándola totalmente expuesta para él.

Así de apoco comenzó aplicándole primero en una y luego en la otra con sumo cuidado de no hacerla sufrir aunque lo  que podía ver, la joven lo estaba disfrutando del todo, ya estaba lista y totalmente húmeda; eso a él le encantaba, el  ver el poder que tenía sobre ella.

Camila le pertenecía por completo, aunque para Rubén era solo su sumisa y no había nada de sentimientos por medio, simplemente que era un muy buen amo y la cuidaba como se debía; pero para ella era su amor, se había enamorado de él muy rápido y haría lo que fuera por verlo bien pero reconocía que con su amo nunca podrían tener una relación como todos sino que siempre serian eso: Amo y Sumisa.
Rubén al terminar con lo que estaba haciendo dejo la pomada en la mesita de noche y colocándose donde estaba antes la penetro de una sola vez quedándose quieto para que la joven pudiera acostumbrarse a su miembro.

De apoco comenzó a animar sus embestidas y de un movimiento la colocó en cuatro patas para tener mucho más placer y a eso exactamente se dedicaron todo el resto de la noche.

HORAS ANTES EL MISMO DIA.

Richard sigue trabajando para poderse olvidar de todo lo que ha sucedido en el día y sobre todo de esos ojos tristes que lo persiguen desde el primer momento en que entro a su despacho le dejo los papeles y luego se marchó. Cada vez que cerraba los ojos podía ver los de Paloma llenos de lágrimas no derramadas y esos labios que aparte de la vez con lo sucedido con su novio, mejor dicho su ex novio, no los había vuelto a ver tan serios, ni siquiera cuando se enojaba estaba así.

Llegando la noche decidió ir solo a un bar y poderse tomar alguna cerveza para poder aliviar ese nudo que se había alojado en su pecho.


Llego a su coche un Chevrolet Camaro que lo había adquirido hace muy poco, era de un color negro y con solo dos puertas, cosa que para esos lugares donde había decidido ir resaltaba el puesto social al que pertenecía, en el momento que fue a estacionarse no se dio cuenta que una joven se preparaba para cruzar la calle.

Todo pasó demasiado rápido, aunque no iba a velocidad, el ruido que produjo  el cuerpo de la mujer al caer en el capo lo paralizo en el momento congelando en ese mismo instante el coche.

De inmediato y como todo un caballero salió del coche para poder ayudar a la joven que por el dolor que tenía en la pierna se había sentado en el suelo.

-¿Se encuentra usted bien señorita?

-¿Acaso usted está ciego? – le pregunto ella bastante molesta pero a la vez mirándolo de arriba abajo.

“¡Este sí que debe de tener un dineral!  Viéndolo por como esta vestido y el coche que conduce, me recuerda a un amigo de mi hermano que no es chileno, chiquita es hora de hacerte tu suerte y para tu bien es que esta de lo más apetecible!”  Siempre ella calculándolo todo, estaba segura de que esta sería su oportunidad y así la obtendría así que podría toda su sensualidad a jugar.

-Perdóneme no fue mi intensión lastimarla – Richard estaba bastante avergonzado – déjeme llevarla a que la vea algún medico por favor.

-¡Claro que no! ¿Usted qué cree? que soy una cualquiera para ir entrando en los coches del primer hombre que me golpee con su coche – y haciendo un gesto de desprecio hasta el lujoso automóvil.


-No, no  claro que no. Si quiere llamamos una ambulancia o a alguien de su familia para que la vengan a buscar – esta mujer lo había descolocado con su carácter, “¡De seguro algo tienen las chilenas!”  - a todo esto discúlpeme pero no me he presentado me llamo Richard, Richard Machinni – dijo tendiéndole la mano.

“Machinni”  pensó ella “así se llama el creído jefe de mi prima, estoy segura de que es él, así que Vane ahora sí que puedes jugar como se debe”

-No se preocupe, me sentare un momento y ya se me pasará – dijo la joven tratando de ponerse de pie, cosa que falló de inmediato ya que era tal el dolor que no podía pisara para nada - ¡Auchh…! ¡Maldición! – exclamo ante de caer una vez más, pero Richard fue bastante más rápido y alcanzo a tomarla en sus brazos.

-Bueno señorita como veo que no llegamos a ninguna solución, la llevare al hospital más cerca para que la vean, usted ya conoce mi nombre y le juro que no trataré de matarla en el trayecto – dijo el hombre dejando claro que no aceptaba ninguna negación por parte de ella.

-¡Esta bien! Pero que conste que hay  testigos los cuales y vieron todo lo ocurrido – agregó la joven para no darle a entender que ella ya sabía de quien se trataba.


-Sí, sí estoy muy consciente de eso – respondió él con la aparición de una pequeña sonrisa.

Con ella en sus brazos la condujo hasta el asiento del pasajero y acomodándola bien en su lugar paso por encima de ella para poder abrocharle el cinturón de seguridad y en ese preciso momento quedo a escasos centímetros de su rostro, dejándolo ver esos preciosos ojos casi celestes una boca con unos labios rojos carnosos y en el momento que el coloco su mirada exactamente ahí, ella paso su lengua sensualmente por el labio inferior para luego morderlo algo que a él lo volvió literalmente loco, tragó tan despacio tratando a la vez de recordar cómo se respiraba.

Volvió su mira a los ojos de la chica y en ese momento sabía que ya no podría hacer nada para alejarse.

Como pudo se apartó de ella y cerró la puerta del coche para poder ir a tomar asiento y lograr llevarla hasta el médico.

Vanessa apreciaba como el caminaba rápido hasta su lugar, se había dado cuenta que ya había caído en sus redes y eso le hizo asomar una preciosa sonrisa en sus labios algo que la hizo verse mucho más bella que nunca.

-¿Ahora me dirá su nombre señorita? –dijo un poco juguetón sin dejar de ver el camino que seguía.

-Vanessa – dijo ella sin más.

-Entonces señorita Vanessa mucho gusto y espero que me perdone por haberla lastimado.

-No se preocupe, son cosas que suceden y espero que pueda salir algo bueno de este accidente.

-Yo también espero lo mismo – agregó él con un brillo diferente en los ojos.